La enseñanza de Juan el bautista

Mateo 3:1-17 – Marcos 1:3-8 – Lucas 3:1-17 – Juan 1:6-8

Para muchos, Juan el bautista es el último profeta del Antiguo Testamento, es cierto que su vida está relatada en el Nuevo Testamento, pero fue el último mensajero de Dios antes del Mesías.

Desde los tiempos de Malaquías hasta los tiempos de Juan, pasaron alrededor de 400 años, en los que no hubo profeta en Israel, el pueblo judío estuvo a merced de los grandes imperios de la época, primero el imperio Persa, después fueron dominados por Alejandro Magno y sus sucesores y posteriormente por los Romanos.

En cierta medida durante esos 400 años pudieron mantener sus creencias, pero sin duda fueron influenciados por las formas de pensamiento de los imperios que les dominaban, y poco a poco fueron alejándose del único Dios verdadero, muchos de ellos ni siquiera vivían en Israel y aunque sin duda conocían la historia de su pueblo, Dios era una realidad lejana para ellos. Aún así la esperanza de que un descendiente de David les libertará de sus opresores seguía latiendo en sus corazones.

En esas circunstancias aparece Juan el bautista, predicando la necesidad de arrepentirse porque el Reino de Dios se había acercado nuevamente a los hombres, y mostrándoles la necesidad de tener una conversión verdadera a Dios, que produjese frutos dignos de arrepentimiento. También les advertía que el ser descendientes de Abraham no les libraría del juicio que Dios traía sobre el pecado del hombre.

Muchos se acercaban a Juan, para ser bautizados por él, incluso pensaban que podría ser el Mesías, pero Juan les indicaba una y otra vez que el Mesías venía detrás de él, señalando a Jesús como el salvador.

EL MENSAJE DE JUAN EN NUESTROS DÍAS

Hoy en día, nuestra historia no es muy distinta de la que vivían los judíos, vivimos en una sociedad que en la mayoría de los casos nos permite tener nuestras propias creencias, sin embargo son muchas las influencias de pensamiento que nos rodean, que son contrarias a lo que la Biblia nos enseña, poco a poco las filosofías y corrientes de pensamiento ensalzan al hombre a un lugar que solo le corresponde a Dios.

Los judíos necesitaban la llega del Mesías como Rey, y nosotros al igual que ellos necesitamos que el Mesías reine en nuestra vida, sería oportuno en este momento hacernos la siguiente pregunta: ¿Quien es el rey en mi vida? Los textos Bíblicos no dejan lugar a dudas de cual debería se la respuesta.

Creo que el mensaje de Juan sigue vigente en nuestros días, el Reino de Dios se ha acercado a nosotros, por lo que debemos cambiar nuestra manera de vivir, Cristo no puede reinar en alguien que sigue aferrado a sus pecados.

Arrepentirse no significa tener un sentimiento de que hemos hecho algo mal y sentirnos apenados por ello, arrepentirse significa entender quien es Dios, entender que el pecado nos aparta de Dios, y determinar un cambio de vida que me aleje del pecado para poder acercarme a Dios.

¿Qué haremos?

Esta fue la pregunta que muchos hicieron a Juan el bautista, así queda reflejado en el pasaje de Lucas, evidentemente Juan no les podía decir que creyesen en Jesús como su salvador, ya que Jesús aún no había hecho la obra redentora de la cruz, pero Juan les dijo que empezasen a hacer buenas obras a los que tenían a su alrededor y que esperasen a Jesús que los bautizaría en Espíritu Santo y fuego.

Se ha escrito mucho acerca del bautismo en Espíritu Santo y fuego, pero yo en lo que me gustaría centrarme no es en la obra que Jesús va a hacer en los que creen, sino en lo que tenemos que hacer nosotros.

Evidentemente Juan nos indicaría que siguiésemos a Jesús y hiciésemos lo que el nos diga. Creo que es muy interesante darnos cuenta del cambio de mente que tiene que producirse en nuestra vida si queremos hacer lo que Jesús nos pide, el sermón del Monte (Mateo 5) es un buen ejemplo de ello.

Me gustaría tomar un ejemplo para explicar lo que tengo en mente, para ello tenemos que leer en Mateo 5:44-45, donde encontramos las siguientes palabras de Jesús:

Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos,
bendecid a los que os maldicen, haced bien a los
que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y
os persiguen;
45 para que seáis hijos de vuestro Padre que
está en los cielos, que hace salir su sol sobre
malos y buenos y que hace llover sobre justos e
injustos.

Si somos sinceros, creo que todos tenemos que reconocer que lo que pide Jesús es imposible para nosotros, sin embargo si queremos ser hijos de Dios tenemos que cumplirlo, por lo menos eso es lo que dice el versículo 45.

A partir de este momento es donde creo que entra en juego el mensaje de Juan el bautista, me explicaré a continuación. La enseñanza de Juan era que empezasen a hacer buenas obras para preparar el camino a Jesús, y creo que si queremos amar a nuestros enemigos debemos empezar a actuar como si les amásemos, es cierto que ese amor al principio no será genuino, pero estaremos empezando a obedecer, preparando el camino al bautismo del Espíritu Santo, que se encargará de cambiar nuestro corazón, finalmente conseguiremos amar incluso a nuestros enemigos, ya que nuestro corazón será cada vez más como el de Jesús.

Conclusión:

Creo que la respuesta a la pregunta ¿qué haremos? es la siguiente:

  1. Reconocer que no puedo cumplir con lo que se espera de mi y que necesito la ayuda del Espíritu Santo y la misericordia de Dios.
  2. Empezar a obedecer, muriendo así a mis deseos y pasiones, no haciendo lo que quiero sino lo que Dios me pide. De esa manera preparo el camino para que el reino de Dios se establezca en mi vida.
  3. Repetir los pasos 1 y 2, hasta que mi corazón sea cambiado completamente por el Espíritu Santo.

Galatas 5:22-25

Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia,
benignidad, bondad, fe,
23 mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.
24 Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus
pasiones y deseos.

Si has leído hasta aquí espero que Dios con su misericordia nos ayude a crucificar nuestra carne, con nuestras pasiones y deseos, para que nuestro corazón sea cada vez más como el corazón de Cristo.

Que Dios te bendiga.

 

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